lesiones cerebrales

Desmontan uno de los grandes mitos sobre el Pájaro Loco

Por  2/02/18 – 20:00

Creíamos que los pájaros carpinteros estaban a salvo de las lesiones cerebrales gracias a sus cráneos especiales. Hasta ahora: ¿qué le ocurre a su cerebro?

Desmontan uno de los grandes mitos sobre el Pájaro Loco
Fuente: Wikimedia.

Si golpear con la cabeza un árbol a siete metros por segundo no es suficiente para volverte demente, ¿qué lo es? Sino, que se lo digan al Pájaro Loco, o Woody Woodpecker en inglés, conocido por su excéntrico comportamiento. Sin embargo, a los pájaros carpinteros reales, de la familia Picidae, parece irles bastante bien tras millones de años de destrozar madera con el pico. ¿Pero estamos seguros de que todo está correcto dentro de sus cabezas? Los estudios parecían indicar que sí. Hasta ahora.

Picando madera como un pájaro

Para entender lo peligroso de la labor de los pájaros carpinteros, primero, vamos a ver cómo viven estos animales. Los pícidos son aves extendidas por el mundo (excepto Madagascar y Australia, por cierto), con más de 200 especies dentro de la familia. No todos tallan madera, aunque sí la gran mayoría de ellos.

 

¿Y para qué? En primer lugar, para buscar comida: arrancan trozos de corteza tras la que encontrarán insectos con los que alimentarse. En segundo, para construir sus nidos, ya que algunas especies utilizan este sistema para atraer a la hembra. Pero lo importante, en este caso, no es para qué, sino cómo.

Para poder taladrar la madera, estos pájaros (al menos los que se han estudiado) golpean la superficie a seis o siete metros por segundo con una fuerza de unas 1.200 g, es decir, 1.200 veces la fuerza de la gravedad. Y lo hacen unas 10.000 veces. En comparación, un solo impacto a unas 80 g en la cabeza es capaz de provocar lesiones cerebrales en un ser humano.

¿Cómo consiguen estas aves no hacer un batido con su cerebro? La respuesta, hasta la fecha, estaba en una suerte de adaptaciones craneales que protegían a este órgano de los impactos. Solo que puede ser que no estén tan protegidos como pensábamos. Al menos así lo muestra un reciente estudio publicado en PLOS ONE.

“A nadie se le ocurrió mirar nunca el cerebro”

“Ha habido todo tipo de avances tecnológicos relacionados con la seguridad en los equipos deportivos basados ​​en las adaptaciones anatómicas y la biofísica del pájaro carpintero“, explicaba para la prensa Peter Cummings, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston y uno de los autores. “Lo extraño es que a nadie se le ocurrió mirar nunca el cerebro de un pájaro carpintero para ver si había algún daño”.

Pero ellos sí que lo han hecho. Tomando varias muestras de pájaros carpinteros conservados en el Field Museum y el Harvard Museum of Natural History, los investigadores comprobaron la presencia de una proteína llamada tau. Esta es un marcador de lesiones cerebrales utilizado para estudiar un cerebro ya muerto.

 

“Las células básicas del cerebro son las neuronas, compuestas por sus cuerpos celulares y los axones, que son como líneas telefónicas que se comunican entre las ellas. La proteína tau envuelve a los axones y les da protección y estabilidad. Les permite seguir siendo flexibles”, comentaba George Farah, autor principal del estudio.

También sabemos que esta proteína se acumula en cerebros dañados por diversas cuestiones, entre las que están los golpes. Y, sin duda alguna, los pájaros carpinteros analizados mostraban una cantidad anormal de esta proteína. “Cuando el cerebro está dañado, tau interrumpe la función nerviosa: las funciones cognitiva, emocional y motriz pueden verse comprometidas”, matiza Cummings.

El pájaro loco

El equipo comparó la cantidad de proteína del cerebro de los pájaros carpinteros con el del Agelaius phoeniceus, el mirlo alirrojo, y comprobó que la cantidad de proteína tau era mucho mayor en los pícidos que en estas otras aves. Para hacerlo, se toman muestras del cerebro cortando finas láminas que, más tarde, se tiñen con una sustancia especial que permite identificar la presencia de la proteína.

Así, los investigadores pueden ver la cantidad existente, sino que pueden cuantificarla e, incluso, comprobar en qué estructuras se acumula más esta proteína. Aunque en los pájaros carpinteros la cantidad es notablemente mayor que en los mirlos, y aunque la acumulación excesiva de tau puede ser un signo de daño cerebral en humanos, los investigadores hacen una puntualización muy necesaria.

Pájaro Carpintero

Puede que en los los pájaros carpinteros, la mayor presencia de proteína no sea siempre signo de lesión cerebral. “No podemos decir con total seguridad que estos pájaros carpinteros sufrieran lesiones cerebrales“, explica Farah. “Lo que es seguro es que hay una cantidad de tau enorme en estos cerebros, y sabemos por investigaciones previas que esto es indicativo de una lesión cerebral”.

Quién sabe si a lo largo de sus millones de años de selección natural”>evolución los pájaros carpinteros no han desarrollado una faceta hasta ahora desconocida de la proteína. Bien pudiera ser que estos animales la emplearan como medio de protección para evitar, precisamente, estas lesiones. Lo que podría servirnos de mucho.

De picotear madera a arreglar cerebros

“Los pájaros carpinteros más antiguos datan de hace 25 millones de años”, comentaba Cummings para la prensa. “Si el picotear madera iba a causarles una lesión cerebral, ¿por qué iba la evolución a permitir este comportamiento?” Con este pensamiento que hace referencia a los principios de la selección natural, el investigador pone de manifiesto una duda: ¿y si la proteína pudiese usarse para combatir las lesiones cerebrales?

neuronas

“Existe la posibilidad de que la presencia de tau en los pájaros carpinteros sea consecuencia una adaptación protectora y no el signo de una patología“. Esto podría llevarnos a nuevos descubrimientos para tratar problemas y lesiones o, incluso, enfermedades cerebrales.

“Si la acumulación tau es una adaptación protectora, ¿hay algo que podamos hacer para ayudar a los humanos con enfermedades neurodegenerativas? La puerta está abierta para descubrir qué está pasando y cómo podemos aplicar esto a nuestra especie”, observaba el investigador.

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