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Cuando El Cid se hizo héroe musulmán matando cristianos: la Batalla de Almenar

Estatua de El Cid en Burgos
Se dice que la Historia siempre la escriben los ganadores y si hay algo que los años de estar investigando historias raras y poco conocidas me han confirmado es, justamente, esa sentencia: la Historia la escribe el que gana. Ahora bien, el hecho que la fama, las medallas y los parabienes se lo haya llevado el que tiene el poder para escribir los libros de historia, no significa que los demás no hayan dejado su testimonio, y a poco que se busque, te encuentras con ejemplos que te dan una visión absolutamente diferente de lo que parecía una verdad absoluta, y que yo llamo “la cara B de la Historia”. En este sentido la llamada “Reconquista” se lleva la palma de lo que se ha vendido desde los estamentos oficiales desde hace centurias y lo que realmente pasó. Y un ejemplo lo tenemos en el papel de Rodrigo Díaz de Vivar (Cid Campeador, para los colegas) el cual ha quedado como el gran adalid en la lucha de los reinos cristianos contra los moros aunque… claro…, cuando sabes que El Cid fue comandante en jefe de las tropas musulmanas de la taifa de Zaragoza, comienzas a cuestionarte muchas cosas. ¡Y que sólo fuera eso! Porque si, encima, te enteras de que luchó con sus tropas moras contra otro rey moro y que, además, ese otro rey tenía como aliados a los cristianísimos Rey de Aragón y el Conde de Barcelona, ya las convenciones históricas saltan hechas añicos. Pues créaselo, porque esto es precisamente lo que pasó en el año 1082 en la conocida como Batalla de Almenar.

Taifa de Zaragoza bajo Al-Muqtadir

Cuando en 1081 murió el rey de la Taifa de Saraqusta (Zaragoza), Abú Yafar Al-Muqtadir, esta taifa se extendía por buena parte de lo que es hoy Aragón, Navarra, Lérida, Tarragona, Castellón, Valencia y Alicante, siendo uno de los reinos musulmanes más potentes de la península Ibérica. No obstante, la  herencia que dejó para sus dos hijos significaba la división en dos de la taifa, dejando la parte de Zaragoza y Navarra para Al-Mutamán y las partes costeras (Lérida, Tortosa y Denia) para Al-Mundir. Cosa que no hizo demasiada gracia a Al-Mutamán, ya que significaba dejarle sin salida a mar… y ya sabemos lo cordiales que eran (y son) las relaciones entre hermanos, ya fueran cristianos, musulmanes o veganos… (ver Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando).

Así las cosas, el rey de la taifa de Saraqusta (Al-Mutamán), en verano de 1082, quiso someter a su hermano, Al-Mundir, para quedarse con sus posesiones y volver a reunificar el territorio que ya tuvo su padre bajo su reinado. El único inconveniente es que Al-Mundir no estaba por la labor de ceder sus territorios a su hermano por las buenas, por lo que Al-Mutamán decidió que si no era por las buenas, sería por las malas… o por las peores.

Castillo de La Suda en Lérida

Al-Mutamán disponía por aquel entonces de los servicios del castellano -y cristiano hasta las trancas- Rodrigo Díaz de Vivar (el Cid). El Campeador, tras haber sido desterrado por el rey de Castilla, Alfonso VI, por un quítame allá esas traiciones, y no haber sido aceptado ni por el Rey de Aragón, ni por el Conde de Barcelona, decidió aceptar la oferta de ser el comandante en jefe de los ejércitos de Al-Muqtadir. Obvia decir que, a la muerte de éste, sus servicios y sus fieles tropas castellanas, pasaron en herencia a Al-Mutamán, el cual no dudó en jugar esta baza contra su hermano.

Por su banda Al-Mundir, viendo que las tropas de su hermano se posicionaban a lo largo de la frontera entre las dos taifas, y que correspondería -más o menos- a la frontera actual entre Aragón y Catalunya, decidió pedir ayuda a Berenguer Ramón II, Conde de Barcelona y también a Guillermo Ramón, Conde de Cerdanya, posiblemente, a cambio de una fuerte suma de dinero (una paria, vamos).

Castillo de Almenar

En aquel entonces, el castillo de Almenar, un pequeño punto fuerte a tan solo unos 20 km al oeste de Larida (Lérida), estaba en posesión de Al-Mutamán por lo que era un lugar estratégico desde donde el emir de Saraqusta podría atacar la capital de la taifa de Larida. Al-Mundir, al conocer las aviesas intenciones de su hermano y constatar que tan solo había una pequeña guarnición en Almenar, decidió enviar sus tropas -junto a las de sus aliados barceloneses y ceretanos- a la conquista de tan incómoda fortaleza.

El Cid, pronto se enteró de que el castillo de Almenar había sido sitiado, pero sus tropas estaban en el castillo de la Granja d’Escarp (a unos 35 km al suroeste de Larida y situado en la confluencia entre el río Segre y el Cinca) que hacía poco que había sido conquistado a las tropas de Al-Mundir, por lo que no podía irles a socorrer. En vistas de este inconveniente, El Cid convenció a Al-Mutamán de que se personase en Almenar con sus tropas, si bien declinó el ofrecimiento del rey moro de presentar batalla junto a él (no era cuestión de matarse así por las buenas – ver La sangrienta batalla “light” de Bremule), por lo que le sugirió que evitase la batalla pagándoles a los leridanos por levantar el sitio. Al-Mutamán así lo hizo, pero las tropas de Al-Mundir y sus aliados cristianos, confiando en su superioridad numérica, rechazaron la oferta zaragozana. La batalla era inevitable.

¿Moros contra cristianos?

De esta forma, cuando el Campeador se enteró del fracaso de la negociación, partió de inmediato con sus tropas hacia Almenar. Allí se encontraron ambos ejércitos, comenzando una zarabanda de palos entre las tropas cristiano-musulmanas de Al-Mundir y las musulmano-cristianas de Al-Mutamán que acabó con la captura del conde Berenguer Ramón II y varios de sus lugartenientes por los soldados del Cid, liberando el sitio de la fortaleza zaragozana y volviendo a Zaragoza en olor de multitudes.

El conde barcelonés y su cohorte de nobles, finalmente fueron dejados libres después del pago de un importante rescate (de cobrar, pasó a tener que pagar, ironías de la vida), aunque ello no significó el fin de las hostilidades, ni de las colaboraciones cristiano-musulmanas, las cuales se prolongaron diversos años más.

Plano de Saraqusta

En definitiva, que la realidad de los hechos convierten las versiones oficiales de los hechos históricos en un trampantojo que, a ojos poco acostumbrados puede dar el pego pero que, a poco que nos informemos, no se sostiene por ningún lado. El Cid y sus “compis” cristianos vertieron sangre cristiana para defender los territorios y las tropas musulmanas. Unas tropas musulmanas que, a su vez, no dudaban en combatir de la mano de tropas cristianas contra otras tropas cristianas. Todo un compendio de incongruencias que si a alguna conclusión te hacen llegar es que, la realidad histórica de los 800 años de dominación musulmana de la Península Ibérica fue muy diferente de lo que se nos ha vendido (ver ¿Qué fue de Boabdil después de rendir Granada?) y que tan solo nuevas investigaciones y nuevos ojos pueden llegar a dar con la verdadera dimensión de un periodo que, hasta el momento, sólo conocemos con la subjetiva parcialidad de una parte: la ganadora.

 

El Cid repartiendo mandobles a moros… y a cristianos

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